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  Nº 618 viernes 7 de marzo de 2008

 

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“Los exalumnos sentimos un orgullo muy legítimo
por esta Universidad”

“Una universidad como la de Concepción evidentemente que me entregó elementos para mi vocación de trabajo público; claro que también siento que contribuyó muy significativamente en mi desarrollo como servidora pública, mi paso por la Vicaría y conocer ahí a personas como el padre Carlos Puentes y Martita Wörner”, dice la Intendenta.

Instalada en el moderno edificio del Barrio Cívico y recientemente designada como Intendenta de la Región del Bío Bío (la entrevista fue realizada a mediados de enero), la abogado María Angélica Fuentes ostenta su cargo con seguridad y conocimiento, confirmando su preparación para esta investidura, anhelo largamente acariciado tanto por ella como por sus seguidores.

Autocalificada “fruto de la educación pública”, María Angélica ingresó en cuarto año básico a la Escuela España de Concepción y realizó su educación secundaria en el Liceo Experimental, ubicado frente a ese establecimiento educacional. Siguiendo un derrotero que naturalmente se deslizaba por calle Roosevelt hacia el Barrio Universitario, en 1978 ingresó a la Universidad de Concepción. “Postulé a la carrera de Derecho y quedé seleccionada entre los primeros 15 postulantes”, recuerda.

Pese a lo complejo y agitado que era el escenario universitario de esa época, confiesa que ingresó a la Universidad con un perfil de “matea”, más que interesarse por la política.

“Mi primer año de Universidad fue de muy buenas notas; incluso algunos hablaban de que era candidata a Premio Universidad. Sin embargo, después me empecé a interesar en otras cosas y mi vida derivó a ámbitos muy distintos. Eran tiempos difíciles; a los 17-18 años, veíamos con cierta admiración a los alumnos de cursos superiores donde había dirigentes destacados como Paulina Veloso, Patricio Otárola, Bernardo Espinoza. En nuestro curso estaba también Mauricio Decap, que se destacó después como dirigente estudiantil. No obstante, existía mucho incentivo para dedicarse sólo a estudiar y menos estímulos, desde el punto de vista de la Universidad, para interesarse en otros temas”.

Sin embargo, al empezar su tercer año de estudios comenzó a colaborar con la Pastoral de Derechos Humanos del Arzobispado de Concepción, iniciando así su vinculación con la actividad más política.

-¿Ese habría sido el inicio de lo que posteriormente fue su desarrollo profesional, de gran vocación pública?

-Fue una opción, tal vez al principio no tan meditada. Sin duda, el trabajo en la Pastoral marcó mi vida. Estuve vinculada a ella 10 ó 12 años y me hizo conocer la realidad con toda la crudeza que se vivió en ese momento, en término de violaciones a los derechos humanos y apoyo a las víctimas y a sus familiares.

-En medio de su desarrollo político y profesional, ha continuado vinculada a la Universidad, actualmente como miembro del Directorio.

-Creo que todos los exalumnos de la Universidad de Concepción sentimos un orgullo muy legítimo por esta institución tan señera en la Región. Cuando uno recorre su historia, la visión de don Enrique Molina y de tantas personas que contribuyeron a su creación. Ese orgullo se debe al aporte de la Universidad a la Región y porque es un hito importante en la ciudad, no sólo en lo que constituye el Barrio Universitario, tan característico, sino también la impronta de las personas que han pasado por sus aulas. Yo siento ese mismo orgullo.

-De su época universitaria, ¿qué personas que le hayan marcado recuerda hoy?

-Quizá lo que me marcó era la diferencia que uno podía establecer en esa época entre los alumnos que se dedicaban sólo a la actividad académica, se quedaban sólo con lo que entregaba la Universidad, a otros que, como yo, podían combinar la práctica de esos conocimientos. Indudablemente la práctica era muy enriquecedora en la formación. Había muchos profesores que por distintas razones no he olvidado. Recuerdo a algunos por su rigurosidad; otros, como un profesor de Filosofía, por hacernos pensar más allá del día a día y de lo concreto, y la verdad es que a veces sus esfuerzos eran bastante en vano. Me acuerdo mucho de mi profesora de Derecho Tributario, Elizabeth Emilfork, porque me hizo sufrir mucho; era una mujer valiosa como docente y como persona. Otra profesora que recuerdo con mucho afecto es Mafalda Murillo, profesora de Seguridad Social, especialmente porque no me iba tan bien en esos ramos, pero además era una mujer muy valiosa y querible. Otro al que recuerdo es a Francisco Capponi, profesor de Derecho Romano. La principal gracia de mi paso por la Universidad fue que tuve 100 puntos de Derecho Romano de principio a fin. Él estaba convencido que debía ser Premio universidad. Creo que lo defraudé (risas).

Ximena Cortés

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