Temas
de la poesía surrealista y sus autores
Los surrealistas
no son ni políticos, ni sabios, ni filósofos y muy poco
médicos. Son poetas, especialistas del lenguaje, y es ahí
donde atacarán.
Ante todo, ¡al diablo la lógica! También en el idioma
se la debe acosar, maltratar, reducir a la nada. Ya no hay más
verbos, ni sujetos, ni complementos, sólo hay palabras que hasta
pueden significar otra de lo que dicen (Breton). Así como la ciencia
y la filosofía, la poesía es un medio de conocimiento, y
como la política y la medicina, un medio de acción. El conocimiento
no necesita de la razón, la acción lo supera. La belleza
y el arte han sido conquistas de la lógica, hay que destruirlos.
Es necesario que la poesía sea "el alma hablando al alma",
que el sueño sustituya al "pensar dirigido", que las
imágenes que sean más el fuego fatuo corriendo sobre la
superficie de los pensamientos o de los sentimientos, y sí claridad
de relámpago iluminando permanentemente "las cavernas del
ser" . Hay un único medio: dejar que se exprese el "huésped
desconocido" en toda su profundidad, en toda su totalidad, automáticamente.
Una sola precaución: no intervenir. Los poetas de antaños
fueron inspirados de tiempo en tiempo, y esto era lo que daba valor a
sus creaciones; el poeta de hoy no sólo está siempre inspirado,
sino que de objeto se transforma en sujeto: es el que "inspira".
Ya no es únicamente "eco sonoro", "profeta",
"vidente", sino todo a la vez, y , más todavía,
es mago. Cambia la vida, el mundo, transforma al hombre. Sabe "mezclar
la acción al sueño", "fusionarlo interno y lo
externo", "retener la eternidad en el instante", "fundir
lo general en lo particular"(Breton). Hace del hombre, a su imagen,
una unidad indestructible. Del hombre y del mundo un solo diamante.
Pero no por esto está sobre los otros hombres. Marcha entre ellos
"a pleno sol" (Breton). El milagro por él realizado todos
lo pueden realizar. No hay más que elegidos. "La poesía
debe ser hecha por todos y no por uno solo"(Leutréamont).
Es ésta una verdadera revolución. Primeramente poética,
porque niega la poesía superándola. La construcción
poemática es desechada para dejar paso al texto automático,
al dictado puro y simple del inconsciente, al relato de sueño.
Ninguna preocupación de arte, de búsqueda de belleza. El
alma del poeta no es ya una masa confusa donde giran vertiginosamente
sensaciones, sentimientos, deseos, apariciones, que se manifiestan en
el tumulto, la incoherencia, lo gratuito por intermedio de la palabra
o de la escritura molde, inmemorialmente lógico, que debe ser desplazado,
desmenuzado, reducido a los elementos simples que son los vocablos, únicos
susceptibles de expresar fielmente el trance poético en toda su
integridad. La poesía, primeramente negada, es así sobrepasada.
Los poetas surrealistas, ya que se ha querido concederles ese nombre,
asisten maravillados al fluir inagotable de una vertiente viva, que arrastra
en su barro pepitas de un inestimable valor. Y lo que producen es sin
comparación superior a lo que anteriormente se hizo. A cambio de
una destrucción radical, que era necesaria, construyeron valores
nuevos en un clima de creación del mundo. Esta revolución
poética fue posible mediante una revolución íntima
del hombre y de sus relaciones con el mundo. Veinte siglos de opresión
cristiana no consiguieron dominar el deseo del hombre y su intención
de satisfacerlo. El surrealismo proclama la omnipotencia del deseo y la
legitimidad de su realización. El Marqués de Sade ocupa
en su panteón el puesto central. Si se le objeta que el hombre
vive en sociedad, el surrealismo responde con su voluntad de destrucción
total de esos vínculos impuestos por la familia, la moral, la religión.
"Se hicieron leyes, morales, estéticas para conseguir el respeto
a las cosas frágiles. Lo que es frágil debe ser roto"
(Aragon: Les aventures de Télémaque). Partiendo de un idealismo
bastante místico, el de la omnipotencia del espíritu sobre
la materia, los surrealistas llegan, teóricamente al menos, a un
materialismo revolucionario en las cosas mismas. Muchos de ellos romperán
las filas para proveer militantes a los partidos políticos revolucionarios.
La destrucción de las relaciones tradicionales de los hombres entre
sí termina por construir nuevas relaciones y un nuevo tipo de hombre.
El movimiento surrealista toma así distintos planos. Únicamente
no abundó en hombres de ciencia, matemáticos, ingenieros,
que aplicaran sus métodos en el terreno particular de cada uno,
para dar en su complejidad, la imagen del hombre del mañana.
En la primera guerra mundial, los poetas, los jóvenes, respondieron,
uno después de otro, al llamado de movilización de sus clases
con el sentimiento de la inutilidad de ese conflicto bélico. No
encontraban en la poesía escrita antes de ellos, respuesta a las
interrogantes que comenzaban a hacerse. Hobo un Nerval, un Baudelaire,
un Rimbaud y, sobre todo, un Lautréamont, pero estaban muertos
y vivieron un momento muy distinto. Indudablemente que en Francia había
otros vivos. Apollinaire, que pidió partir a la línea de
fuego, se encontraba ahora con ellos, aunque su disposición de
espíritu era un poco diferente; Picasso, al que veneraban; Henri
Matisse, Marie Laurencin, Max Jacob, el "aduanero" Rousseau,
Derain, Braque, Fernan Léger, etc. Todos pintores jóvenes
o poetas nuevos que, rompieron con las ideas tradicionales, se proclamaban
modernistas y de los cuales los futuros surrealistas, de no conocerlos
bien, por lo menos tenía oído, ya antes de la guerra, su
elogio en la revista de Apollinaire y Paul Cerusse (Serge Férat),
Les Soirées de París. Y habían, además meditado,
en el peor momento de la tormenta, en 1919.
Para estos jóvenes de veinte años, como Breton, paul Eluard,
Benjamin Péret, Louis Aragon Philippe Soupault, el haber conocido
a Apollinaire pasó por ser un raro privilegio. Y es en la poesía
y en su ejercicio donde esos poetas encontraron, pese a todo, un refugio.
Guillaume Apollinaire,
seudónimo de Wilhelm Apollinaire de Kostrowitsky (1880-1918), poeta,
novelista y ensayista francés, que representa el espíritu
de la poesía moderna, y autor de famosos y conocidos caligramas.
Nació en Roma y estudió en el liceo Saint-Charles, de Mónaco.
Editó unas cuantas revistas literarias de poesía, en las
que empezó a publicar sus primeras obras. Entre ellas destaca Les
Soirées de Paris (1913-1918). Debido a sus intentos por sintetizar
la poesía y las artes visuales, Apollinaire ejerció una
importante influencia tanto en la poesía como en el desarrollo
del arte moderno. Los pintores cubistas (1913) es un documento decisivo
al respecto; otras obras suyas en prosa incluyen la novela simbólica
El poeta asesinado (1916), basada parcialmente en sus experiencias como
soldado en la I Guerra Mundial, y el drama Las tetas de Tiresias (escrito
en 1903; publicado en 1918). Se considera que con esta última obra
Apollinaire introdujo el surrealismo, y de hecho pasa por ser el primero
que utilizó ese término. Su reputación se basa sobre
todo en sus dos volúmenes de poesía, Alcoholes (1913), considerada
su obra maestra, y Caligramas (1918). Un caligrama se puede definir como
un objeto simultáneamente lingüístico e icónico.
No hay que considerarlo como un texto de lectura por la ausencia de puntuación
y las experimentaciones formales de su tipografía, sino como un
signo para identificar.
André Breton, (1896-1966), poeta y crítico
francés, líder del movimiento surrealista. Guardián
de la ortodoxia del surrealismo, fue para los otros miembros del grupo
un maestro del pensamiento. Su inclinación por las excomuniones
y su autoritarismo le valieron el calificativo de "Padre del surrealismo".
Nació en Pinchebray (Orne); estudió medicina y trabajó
en hospitales psiquiátricos durante la I Guerra Mundial. Una vez
afincado como escritor en París, se convirtió en pionero
de los movimientos antirracionalistas en el arte y la literatura conocidos
como dadaísmo y surrealismo, surgidos del desencanto generalizado
con la tradición que definió la época posterior a
la I Guerra Mundial. El estudio de las obras de Sigmund Freud y sus experimentos
con la escritura automática (escritura libre de todo control de
la razón y de preocupaciones estéticas o morales) influyeron
en su formulación de la teoría surrealista. Breton expresó
sus opiniones en la revista Littérature, la principal publicación
surrealista, en cuya fundación colaboró junto con Paul Eluard,
Louis Aragon y Philippe Soupault y de la que fue editor durante muchos
años.
En 1921 publicó su primera obra surrealista, Los campos magnéticos,
en la que exploró las posibilidades de la hipnosis. Al año
siguiente rompió con Tristan Tzara, el fundador del dadaísmo
y estableció la estética del surrealismo en el primer Manifiesto
surrealista de 1924. Su novela Nadja (1928), considerada una de sus mejores
obras, está inspirada en un encuentro que tuvo con una joven desconocida.
Con la publicación del Segundo manifiesto surrealista (1929) llegó
la polémica.
Breton, líder incuestionable del movimiento, precisaba la noción
de surrealismo y afirmaba que debía caminar junto a la revolución
marxista -fue miembro del Partido Comunista Francés desde 1927
a 1935-; por lo tanto, condenó y expulsó del grupo a todos
aquellos que no coincidían con sus ideas; entre los excomulgados
se encontraron Roger Vitrac, Philippe Soupault, Antonin Artaud y Robert
Desnos. En 1937, en un viaje a México conoció a Trotski
e, influido por el trotskismo, redactó otra vez el manifiesto con
el título de Manifiesto por un arte revolucionario independiente
y, en 1941, publicó el Prolegómenos a un tercer manifiesto
o no, conocido también como Tercer manifiesto surrealista.
La obra poética de Breton, Claro de tierra (1923), La unión
libre (1931), El aire del agua (1934), Estados generales (1943), Oda a
Charles Fourier (1947), entre otros poemarios, se caracteriza por la utilización
del verso libre, dislocar la sintaxis y una sucesión de sorprendentes
metáforas que surgen -en palabras del autor-"como esas imágenes
del opio que el hombre no evoca a no ser que se le ofrezcan espontáneamente".
Sus artículos críticos los reunió en los libros Pasos
perdidos (1924) y Punto del día (1934). Dejando aparte los manifiestos,
escribió otras obras teóricas y, por supuesto, polémicas,
como Posición política del surrealismo y Cuando los surrealistas
tenían razón (1935). Su interés por los lenguajes
irracionales se refleja en el ensayo El arte de los locos, la llave de
los campos (1953). Además contribuyó a valorar géneros
literarios y escritores despreciados o poco conocidos, gracias a la publicación
de la importante Antología del humor negro (1940) y los homenajes
que realizó a poetas como el marqués de Sade, el conde de
Lautréamont y Arthur Rimbaud.
Paul Eluard, (1895-1952), poeta francés nacido
en Saint-Denis. Su verdadero nombre era Eugène Grindel.
Su poesía es esencialmente lírica, aunque siempre basada
en temas cotidianos y experiencias dramáticas de su propia vida.
Durante la década de 1920 y principios de la siguiente, Éluard
se entregó a la experimentación poética y, junto
con Breton, Soupault y Aragon, dio vida al surrealismo a través
de los artículos publicados en la revista Littérature y
fue uno de los que firmó el primer manifiesto surrealista en 1924.
Bajo la influencia del surrealismo publicó Morir de no morir (1924),
Capital del dolor (1926) y Los ojos fértiles (1936). El sueño
frente a la realidad y la libre expresión del pensamiento se reflejan
en sus poemas surrealistas de este periodo. Más tarde, influido
por la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial, escribió
poemas de contenido más político, como Poesía y verdad
(1942) y En la corte alemana (1944), en los que regresa a formas estilísticas
más tradicionales.
Louis Aragon, (1897-1982), poeta, novelista y ensayista francés,
nacido en París. Fue uno de los líderes del los movimientos
literarios conocidos como dadaísmo y surrealismo.
Fue hijo ilegítimo de un alto funcionario de la IIIª República
y creció en una familia de la burguesía financiera. Cuando
empezó sus estudios de Medicina conoció a André Breton,
el autor del Manifiesto surrealista. Fue movilizado en 1915 y en 1917,
junto con Philippe Soupault fundó la revista Littérature
cuyo primer número apareció en 1919.
Durante estos primeros años de su carrera escribió varias
obras de carácter experimental, entre las que se incluye la colección
de poemas Fogata (1920) a caballo entre el dadaísmo y el surrealismo;
Aventuras de Telémaco (1922), en la que intenta la escritura automática
y el largo ensayo Tratado de estilo (1928) donde expone su concepción
del surrealismo. A partir de 1930 fue abandonando el surrealismo por la
estética del realismo socialista ya que se había afiliado
al Partido comunista en 1927. A este estilo corresponde El mundo real
nombre genérico que agrupa a Las campanas de Basilea (1933), Los
hermosos barrios (1936) y Los viajeros de la Imperial (1943) en la que
el autor lanza una mirada nada complaciente sobre la burguesía
francesa de final de siglo.
Movilizado de nuevo en 1939, desertó y organizó una red
de la Resistencia en el sur de Francia. Es esta una época de una
creación literaria en la que asimila a Francia con la mujer enamorada
y en su obra se funde el patriotismo y los lances amorosos. Los poemas
de estos años son La congoja (1941); Los ojos de Elsa (1942) o
Diana francesa (1945).
Después de la liberación de Francia publicó su novela
más corrosiva Aurelian (1945) que se convierte en el cuarto título
de El mundo real, y que muchos consideran una de las mejores obras del
siglo XX. La novela de amor comienza de una manera tan significativa que
deja muy claro lo que es el distanciamiento para el autor: "La primera
vez que Aurelian vio a Berenice la encontró francamente ajada"
que ya prefigura lo que será el escepticismo y la indiferencia
que se desliza en el conjunto del libro, auténtico reflejo de la
agitación y de la inestabilidad de la sociedad francesa de posguerra.
Su última novela de El mundo real, Los comunistas (formada por
seis volúmenes que se publicaron entre 1949 y 1951) está
considerada la más militante de Aragon y la crítica se divide
entre ver en ella una defensa del estalinismo o un ataque al mismo. En
1954 fue elegido miembro del Comité central del Partido comunista
pero el excesivo estalinismo del Comunismo francés le hicieron
dedicarse por completo a la literatura. A esta nueva etapa de lucha interna
y desencanto pertenecen Novela inacabada (1956), en la que confluyen poemas
y relatos de corte autobiográfico; La semana santa (1958) una especie
de novela histórica y que de alguna manera cierran la época
sobre el mundo real.
Con Tiempo de morir (La sort de mourir, 1965) inicia una nueva etapa artística
en la que se une el deseo de una comunicación sincera con un gusto
marcado por la sorpresa y que testimonia la pasión de Aragon por
la exploración de lo desconocido. Otras obras de este estilo son
Blanca o el olvido (1967) o Teatro - Novela (1974). Estas obras demuestran
que la escritura para Aragon la concibe, en última instancia, como
una investigación sobre sí mismo.
Philippe Soupault, (1897-1990), escritor francés
que escribió junto con André Breton el primer texto del
surrealismo.
Gracias a Apollinaire conoció a Breton y luego a Aragon, con los
que fundó la revista surrealista Littérature. Su espontaneidad
fue sumamente útil en las primeras experiencias de escritura automática,
que se inspiraban en las investigaciones de Freud. La publicación
de Los campos magnéticos (1920), escrito en colaboración
con Breton, según este procedimiento, dio comienzo a la aventura
surrealista.
Antiguo adepto de dadá (1918-1920), multiplicó sus éxitos
poéticos, Rosa de los vientos (1920), Westwego (1922). Rechazado
por su familia, se dedicó al periodismo para poder cubrir sus necesidades
vitales y publicó varios reportajes y crónicas en la Revue
européen. Como novelista escribió varias obras de muy distinta
índole en las que aparece como un testigo de su época, capaz
de analizar los cambios que en ella se producen: El buen apóstol
(1923), Georgia (1926), El Negro (1927), Las últimas noches de
París (1928), Historia de un blanco (1927) o el Gran hombre (1929).
Escribió además varios ensayos, entre ellos, Guillaume Apollinaire
(1928), Lautréamont (1929) o Charles Baudelaire (1931). Reticente
a la organización y a la ideología propugnada por el movimiento
surrealista, fue expulsado del grupo en 1926. Tras varios viajes, se afincó
en Túnez, donde fundó Radio-Túnez en 1938. Estuvo
encarcelado y cuándo pudo se refugió en Argel, donde publicó
sus Recuerdos sobre James Joyce (1943) y al año siguiente Oda a
Londres bombardeado. Después de la guerra publicó las Canciones
del día y la noche (1949), sin dejar de lado su obra de ensayo,
y dando cada vez más importancia a la actualización de sus
conocimientos y a su trabajo de memorialista: Memorias del olvido (1981-1984).
Rafael Alberti, (1902- ), poeta y dramaturgo español, nacido en
El Puerto de Santa María (Cádiz). Inicialmente se dedicó
a la pintura. Se trasladó a Madrid con su familia, y en 1924 se
le concedió el Premio Nacional de Literatura por el primer libro
que publicó, Marinero en tierra. Se trata de una obra de un refinado
popularismo donde universaliza el mar, que llega a convertirse en un mito.
En 1926, apareció La amante, relato poético de un viaje
en automóvil, al que sigue, al año siguiente, un nuevo libro
de poemas, El alba del alhelí. Las tres obras se inscriben dentro
de la tradición de los poetas anónimos del romancero y Garcilaso
de la Vega, aunque con una sensibilidad de poeta vanguardista.
En 1929, tuvo lugar un cambio importante en su poesía, cuando publicó
Cal y canto, influido por Luis de Góngora y por el ultraísmo.
También de ese mismo año es Sobre los ángeles. Considerada
su obra maestra, es una alegoría surrealista en la que los ángeles
representan fuerzas dentro del mundo real. Producto de una intensa crisis
personal relacionada con lo que el propio poeta califica como "amor
imposible" y los "celos más rabiosos", contiene
imágenes que suponen altas cumbres poéticas. El tono apocalíptico
se prolongó en Sermones y moradas (1930).
El surrealismo le lleva a introducir asuntos personales en el ámbito
de las cuestiones históricas, lo que supuso en él una inclinación
hacia el anarquismo, como demuestra su elegía Con los zapatos puestos
tengo que morir, de 1930. Posteriormente se afilió al Partido Comunista
español, y publicó, hasta 1937, un conjunto de libros que
el autor denominó El poeta en la calle, aparecidos conjuntamente
en 1938. También de la misma época son sus obras de teatro,
entre las que destaca Fermín Galán (1931). Posteriormente,
y dentro de la misma línea de carácter surrealista y político,
escribió obras teatrales; entre las más conocidas se encuentran
El adefesio, de 1944, y, de 1956, Noche de guerra en el Museo del Prado.
En este escritor andaluz hay que destacar su afición taurina, que
le ha llevado a realizar carteles taurinos, escribir muchos y destacados
poemas sobre el tema, e incluso salir a los ruedos en la cuadrilla de
Ignacio Sánchez Mejías.
Con su compañera, la también escritora María Teresa
León, se vio obligado a exiliarse después de la derrota
de la República en la Guerra Civil española. Vivió
en Argentina hasta 1962. A partir de ese año residió en
Roma, y no regresó a España hasta 1977; fue elegido diputado
por la provincia de Cádiz en las primeras Cortes democráticas.
El poeta recoge su vida durante los años de destierro en La arboleda
perdida (1959 y 1987).
Entre la poesía no política de Alberti posterior a 1939,
destacan Entre el clavel y la espada, de 1941, y A la pintura, de 1948,
un brillante intento de describir un arte en términos de otro.
En Retornos de lo vivo lejano, de 1952, y Baladas y canciones del Paraná,
libro de poemas publicado el año siguiente, incluye canciones muy
cercanas a las de Marinero en tierra que ofrecen un universo nostálgico
del que no está ausente la ironía. Algo que vuelve a ocurrir
en el primer libro que publicó a su regreso a Europa, Roma, peligro
de caminantes, de 1968.
Al lado de estos poemarios, están los poemas más estrictamente
políticos inspirados por las circunstancias, como las muy conocidas
Coplas de Juan Panadero, de 1949, y La primavera de los pueblos, de 1961.
Entre la producción de Alberti posterior a su regreso a España,
cabe destacar el libro de carácter erótico Canciones para
Altair, publicado en 1989. Ha recibido muchos premios y reconocimientos,
entre ellos el Premio Lenin de la Paz, en 1966, y el Premio Cervantes,
en 1983.
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