Por
Marcela Aguilar
En
1896, The New York Times era un diario en bancarrota, y sin embargo aún
tenía algo valioso: su fama de serio. Ese prestigio fue lo que
atrajo a Adolph Ochs, un esforzado hijo de inmigrantes judíos alemanes
que mantuvo a sus padres y hermanos desde los 14 años, que fue
repartidor, prensista y reportero, y que tenía como gran sueño
dirigir un diario en Nueva York. Con plata prestada, adquirió The
New York Times y, en 39 años, consiguió transformarlo en
el medio más influyente de Estados Unidos y, probablemente, del
mundo.
Desde
entonces, sus sucesores se han esforzado por dar el salto que se necesita
para dirigir The New York Times, una de las pocas empresas en Estados
Unidos que ha estado en manos de una sola familia por más de un
siglo. No ha sido fácil para ninguno. Ochs se enfrentó a
la Primera Guerra Mundial y a la crisis de 1929; su yerno, Arthur Sulzberger,
intentó demostrar imparcialidad en la cobertura de la Segunda Guerra
y con eso ignoró el genocidio judío, algo de lo cual la
familia se arrepiente hasta hoy. El único nieto varón de
Ochs, Arthur "Punch" Sulzberger, debió elegir si publicaba
o no los documentos secretos del Pentágono sobre la guerra de Vietnam
y, mucho más tarde, combatió la amenaza de diversos empresarios
que intentaron entrar a la propiedad del periódico, lo que obligó
a la familia a firmar, en 1986, el compromiso de que nunca venderían
sus acciones con derecho a voto a alguien externo.
Pero
si bien todos enfrentaron desafíos, ninguno vio tambalear tan fuertemente
el prestigio de The New York Times como su actual director, Arthur III.
Porque, hasta ahora, el diario había reconocido pequeñas
faltas que sólo hacían la excepción en su altísimo
estándar de calidad. Sin embargo, desde hace un par de meses, el
periódico que por décadas ha dictado cátedra sobre
buen periodismo, carga con la vergüenza de haber publicado mentiras.
Jayson
Blair, uno de sus periodistas estrella, renunció tras descubrirse
que había firmado artículos desde pueblos y ciudades a los
que nunca viajó, inventado fuentes anónimas y puesto frases
en boca de personas reales a las que nunca entrevistó.
Cinco
semanas después de la renuncia de Jayson Blair al periódico,
el editor ejecutivo, Howell Raines, anunció la suya. Y también
lo hizo Gerald Boyd, el editor administrativo, a quien se acusaba de haber
favorecido a los reporteros negros, como él y Blair. Los medios
estadounidenses afirmaron que las renuncias habían sido solicitadas
por Arthur III, quien, por supuesto, lo negó. "Howell y Gerald
vinieron; ellos escogieron renunciar", explicó el director
del diario. "Y yo, con tristeza, escogí aceptar sus renuncias".
El
bisnieto de Ochs aseguró que no había recibido presiones
del resto de su familia para despedir a los editores. Sin embargo, es
difícil que los integrantes del directorio no hayan manifestado,
de algún modo, su malestar ante el escándalo. Después
de todo, el prestigio sigue siendo el gran capital del Times. Y Arthur
Ochs Sulzberger junior sólo estará en su puesto en la medida
en que cumpla con las expectativas de su exigente parentela.
Corona
prestada
Los
estadounidenses dicen que los Ochs Sulzberger son lo más cercano
que han tenido a una familia real. El edificio de The New York Times semeja
un castillo, y su director invariablemente aparece entre las 20 personalidades
más influyentes del país. La matriarca, Iphigene Ochs, vivió
hasta los 98 años, y por tanto tuvo la oportunidad de formar a
todas las generaciones en los valores de la familia. El principal es el
respeto por la institución de la cual son, más que dueños,
custodios. Además, Iphigenie era extremadamente austera. Hace pocos
años apareció en la lista de mujeres más ricas de
Estados Unidos, con una fortuna de casi 300 millones de dólares,
con ingresos anuales por 10 millones. Cuentan que la anciana llamó
a su abogado para preguntarle si era cierto, y cuando él se lo
corroboró, ella decidió aumentar sus donaciones de caridad.
Sin
embargo, ser descendiente de Adolph Ochs nunca ha asegurado la corona;
cada sucesor ha tenido que ganársela. A esto se suma que ninguno
fue brillante desde el principio. Arthur III no era un gran estudiante,
como tampoco lo fueron su padre ni su abuela. Repitió un año
en el colegio, pero finalmente consiguió su bachillerato y empezó
a trabajar en un pequeño periódico, The Raleigh Times.
Era
la época en que se dejaba el pelo largo, usaba casaca de cuero
y andaba en moto. Se consideraba a sí mismo como un "radical"
y antiestablishment, una idea algo rara para alguien que desde niño
ha tratado de "tíos" a los más importantes políticos
y empresarios. Con esa actitud desenfadada conquistó a Gail Gregg,
a quien conocía desde niña, y que se perfilaba como mucho
mejor periodista que él. Se casaron en una ceremonia oficiada por
una ministra presbiteriana: la novia usó una sencilla solera y
él, una camiseta blanca con un frac estampado en ella. La fiesta
fue, en realidad, un partido de vóleibol, acompañado de
cervezas y comida. Luego partieron a vivir a Londres, donde Arthur comenzó
a trabajar en la agencia AP.
Más
tarde, su papá lo envió a la oficina de Washington de The
New York Times. Entonces, Arthur cambió la moto y la casaca por
trajes y corbatas. Según relatan Susan Tifft y Alex Jones en su
libro The trust (sobre los Ochs Sulzberger y su diario), algunos periodistas
de Washington valoraban el empeño que Arthur III ponía en
su trabajo se ofreció para hacer turnos y reemplazar a sus
compañeros cuando faltaban, pero otros encontraban demasiado
evidente su intención de "ganarse el puesto".
El
siguiente paso era trabajar en Nueva York. Allí, el heredero pasó
por diversos cargos, desde supervisor de las prensas hasta vendedor de
avisos. Consciente de que se le sumaba competencia (algunos de sus primos
también aspiraban a dirigir el diario), Arthur III decidió
estudiar un MBA. Para poder ascenderlo en el periódico, su papá
lo nombró "editor comisionado" en el área de noticias
metropolitanas, y luego "editor asistente". No quedaba más
que darle el cargo principal.
En
1992, "Punch" Sulzberger decidió que era tiempo de retirarse.
Lo lógico era que asumiera su hijo, entonces de 40 años.
Pero nuevamente surgieron las dudas: Arthur III parecía demasiado
joven para el cargo, y el periódico enfrentaba un periodo difícil,
con el surgimiento de internet y las desconfianzas de Wall Street hacia
las empresas que privilegiaban los lazos familiares por sobre las capacidades
de sus ejecutivos. Pero el lobby de Punch y sus más cercanos entre
los primos que conforman el directorio de The New York Times surtió
efecto. Arthur III, con su cara de niño chico y sus corbatas y
suspensores colorinches, fue el escogido. El heredero no inspiraba mucho
respeto, pero lo cierto es que se había preparado para el cargo
muchos más años que cualquiera de sus antecesores desde
Adolph Ochs.
Tal
vez por eso, o por su carácter mucho más extrovertido y
dinámico, Arthur III quiso mostrar de inmediato que llegaba a hacer
cambios. Uno de los más llamativos fue la creación de la
revista Styles, con la cual pretendía captar al mismo público
juvenil que veía MTV y al progresista que leía The Village
Voice. El directorio estaba aterrado de que los lectores tradicionales
del Times rechazaran el nuevo producto, pero Sulzberger insistía:
"Será un éxito precisamente por eso: los hijos lo leerán
porque sus padres lo desechan".
La
primera edición llevaba un reportaje sobre el sida y otro sobre
"los fetiches del cuerpo", ilustrado con una foto de un brazo
masculino desnudo en una posición que la comunidad gay reconoció
como evidentemente sexual. "Punch" Sulzberger estaba indignado.
La revista Time comparaba al periódico con una "abuela que
intenta usar un bikini fluorescente cuando ya ha vuelto la moda de las
faldas largas". Los lectores del diario taparon al director con sus
cartas. Pero lo más gravitante fue que los avisadores jamás
se convencieron de la efectividad de Styles. La revista duró dos
años y fue cerrada, porque significaba una sangría de recursos
que la empresa no estaba en condiciones de soportar. En una reciente entrevista
con la revista El País Semanal, Sulzberger aseguró que,
de todos modos, fue una buena experiencia: "Las ideas básicas
del suplemento forman parte ahora de la edición dominical, sin
que nadie se extrañe. La idea no era mala, era inadecuada en aquel
momento".
Con
una confianza a toda prueba, Arthur III siguió adelante con su
idea de "chasconear" al tradicional diario. Instaló en
la redacción a editores más agresivos, como Howell Raines,
quien exigió a los reporteros más noticias propias e historias
mejor contadas. Puso a todos a competir y escogió a un grupo de
profesionales talentosos a quienes impulsó con más energía.
El resultado fue inmediato: el año pasado, de los 14 premios Pulitzer,
el diario obtuvo 7. Los periodistas estaban felices, aunque reventados.
Mientras,
Arthur III insistía en otra de sus políticas: respaldar
la diversidad. Recién asumido, envió un mensaje a la Asociación
de Periodistas Gays y Lesbianas en que aseguraba que el diario tendría
las puertas abiertas para ellos. Cuando sospechaba que uno de los reporteros
era homosexual, lo llamaba a su oficina para instarlo a "salir del
clóset" y ofrecerle todo el respaldo de la empresa. Y en diversas
conferencias reiteró que el diario estaba interesado en contratar
más hispanos y afroamericanos que reflejaran la diversidad social
estadounidense.
Nadie
podría criticar estas políticas y, sin embargo, el cruce
entre el surgimiento de los "periodistas estrella" y la "discriminación
positiva" se encarnó en un solo periodista: Jayson Blair.
Hasta ahora, Arthur Ochs Sulzberger no ha asumido públicamente
ninguna culpa en el escándalo. Tal vez sea por lo que comentó
a El País Semanal en marzo pasado: "Me gusta pensar que, por
ser esta una empresa familiar, tengo un margen de error ligeramente más
amplio que el de un ejecutivo de una sociedad anónima convencional.
Al fin y al cabo, uno espera que su famila sea comprensiva y lo perdone".
El clan Sulzberger parece dispuesto a darle otra oportunidad a Arthur
III. La pregunta es si los lectores, los avisadores y el resto de los
medios serán igual de comprensivos.
Todos
los hombres del Times
Dirigir The New York
Times siempre ha sido cosa de hombres. Adolph Ochs no permitió
que su única hija, Iphigene, se hiciera cargo de la empresa, pese
a que ella tenía todas las ganas de hacerlo. En cambio decidió
dejar el periódico en manos de su yerno, Arthur Sulzberger, y la
dirección empresarial para su sobrino Julius Ochs. No fue una buena
combinación, ya que ambos siempre compitieron por la supremacía
en la empresa. Además, Arthur siempre guardaba el resentimiento
de ser el "príncipe consorte". "Yo soy empleado
aquí, nada más", era una de sus bromas típicas
en el diario.
Arthur e Iphigene tuvieron tres hijas y, cuando el abuelo ya desesperaba,
nació Arthur junior, quien parecía entonces tener asegurado
su puesto como director. Sin embargo, el pequeño Arthur, o "Punch"
como lo llamaban, sufría de dislexia severa un trastorno heredado
de su madre y además, era tímido y solitario, por lo
que ni su padre ni nadie de la familia le tuvo nunca mucha confianza.
Punch debió hacer enormes esfuerzos para merecer el cargo de su
padre. Luchó en la Segunda Guerra Mundial y luego fue a la guerra
de Corea, y trabajó en el periódico durante años.
Antes de darle el puesto a él, su padre prefirió nombrar
a Orvil Dryfoos, el marido de su hija mayor. Cuando Dryfoos murió,
recién consideraron la posibilidad de nombrar a Punch, pero querían
instalarlo en un cargo sólo periodístico, mientras el control
del negocio permanecía en otras manos. Por primera vez en su vida,
Arthur enfrentó a su padre y le dijo que le daba el control total
o que no contara con él. Y, por primera vez, Punch consiguió
lo que quería. En 1963, asumió el cargo.
Jamás fue un buen orador, ni le gustaron las reuniones sociales,
pero Arthur Hays Sulzberger fue un gran editor, que llevó a The
New York Times a un tiraje diario de un millón cien mil ejemplares.
Ya consiguió que su hijo lo reemplazara y puede tener tranquilidad
para el futuro, porque ya existe un Arthur IV, a quien sus conocidos describen
como un niño solitario y silencioso, al igual como fueron su padre
y su abuelo. Será, tal vez, el peso de la corona.
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