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nro 596 jueves 21 de diciembre de 2006

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  PERSONAJE

Siempre tuve interés en el arte, pero en mi familia no me pescaron. Cuando salí del colegio, a los 17 años, estaba bastante perdido, pero sí tuve claro que quería estudiar en la Universidad.

Dos cartones de títulos ocupan similar espacio en el estudio de Oscar Jadue Lama. El de ingeniero químico de la Universidad de Concepción y el de Licenciado en Arte de la Escuela de Bellas Artes de Angouleme, Francia. El luminoso taller, situado en el corazón del barrio Bellavista, define su opción definitiva por la plástica. Es además el mismo donde viviera y pintara Camilo Mori.

¿Por qué estudió ingeniería?

Siempre tuve interés en el arte, pero en mi familia no me pescaron. Cuando salí del colegio, a los 17 años, estaba bastante perdido, pero sí tuve claro que quería estudiar en la Universidad. Mis veranos de niñez y juventud fueron en Talcahuano, en casa de mis primos Lama, razón por la cual era una zona que me gustaba, donde tenía amigos y donde me sentía bien.

¿Cómo es estudiar algo y estar pensando en otra cosa?

Los estudios de ingeniería son exigentes, el training de estudios fuerte, entonces te metías no más. Había ramos que me complicaban mucho, otros no tanto. No tuve tiempo para reflexionar sobre mi afición. Como soy amistoso hice amigos entrañables que conservo hasta el día de hoy. Una vez que me recibo, trabajo en la Enap. Ahí estaba ya Ricardo Benavente y su señora, grandes amigos, y José Parés, mi tutor.

¿Cuándo reaparece la pintura?

Pintaba los fines de semana en un taller que me acomodé. Sentía que me gustaba mucho y reflexioné «por qué no me dedico a esto no más». Poder hacer lo que uno realmente quiere y de paso no mandar a nadie y que nadie te mande.

¿Podría haber hecho ese quiebre de no haber pertenecido a una familia con recursos?

Mi familia nunca me financió nada, porque estimaba que yo estaba loco, con mis trabajos financié mi viaje a Europa, que inicié con la idea de estudiar con Claudio Bravo, que era un ídolo para mí entonces. En España, él me recomendó ir a Londres. En total fueron 7 fructíferos años, mi tutor fue Nemesio Antúnez en el Heatherley School of Fine Arts y en el Byan Shawe School of Art de Londres. Mi estada en la Escuela de Bellas Artes de Angouleme me valió una beca del gobierno de Francia para pintar y enseñar arte en el Centre d’Arts Vivants en Túnez. Cuando agoté los recursos regresé.

¿Cómo se reinserta?

En 1989 partí a vivir al valle del Elqui, me compré una parcela, me casé, tuve una hija y más tarde retorné a Santiago, pese a que tengo afición por las ciudades más pequeñas. Actualmente pinto, dicto clases y hago fotografía otra de mis pasiones. El libro El enigma de Macchu Picchu contiene mis fotografías.

¿Qué le aporta el arte a la ingeniería y viceversa?

En Europa viví un proceso de deseducación, en relación con la ingeniería como ciencia que en Chile no tenía ninguna relación con el arte. Me gusta el diseño y recuerdo haber diseñado una planta para Enap completa, con torres, planos, creación pura, espacios que a mí me encantan, especificación de materiales. Naturalmente de nada valió porque llegado el momento todo ese engranaje se compra hecho. Yo sigo postulando una ingeniería creativa y que un artista no puede ser cuadrado. Ese cambio de mirada me implicó una cuota de sufrimiento.

¿Hábleme de su pintura?

Mi pintura es espíritu y energía que ronda por todos lados. Los artistas enseñamos a ver lo que no se ve, nos adelantamos. Me resulta difícil encasillar mi pintura: pinto figuras, paisajes, desnudos, cuerpos en movimiento. Es una pintura conceptual-abstracta que intenta captar lugares como Machu Picchu, Isla de Pascua, algunas zonas de Bolivia, que me encantan.

¿Vende?

Vendo. No soy experto y tengo trancas, pero es algo que uno tiene que ir superando y aprendiendo, lo mismo que a gestionarse, tomar propuestas y proyectos completos y echarlos a andar. Respecto a la venta aún no hay un público masivo para el arte y eso complica un tanto.

Mónica Silva Andrade

   

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