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nro 443   Jueves 2 de mayo de 2002

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  • PERSONAJES

Alejandro Vera
Dediqué mi trabajo a las personas
más importantes de mi vida

Alejandro Vera tiene 27 años, fue premio Universidad de Concepción en 1996, ganó la beca Presidente de la República para estudios de doctorado en el extranjero. Está casado con la cantante lírica Marcela Maturana, quien fue su compañera en la carrera de Música. Su hijo, que tiene 3 años, nació en España, todavía tiene esa nacionalidad y habla con ese característico acento.

A la siete de la mañana del lunes, de la semana pasada, recibió una llamada telefónica, en la que le informaban que había ganado el premio de Investigación Musical Emilio Pujol, galardón que se otorga anualmente para homenajear al destacado musicólogo e intérprete Emilio Pujol, el cual fomenta la investigación sobre música española. Estuvo durante cuatro años estudiando Historia y Ciencia de la Música en la Universidad Autónoma de Madrid.

¿Cómo enfrentaste el desafío de estudiar el posgrado y ser papá en el extranjero?

El hecho de ser papá fue una dificultad adicional al sólo hecho de ir a estudiar, pero con Marcela nos complementamos súper bien, nos turnamos para cuidar a Javier y cuando él cumplió 5 meses lo inscribimos en una guardería, la que hasta hoy extraña mucho. Marcela también estudió, se especializó en canto en la Escuela Superior de Canto de Madrid. Logramos complementar los papeles de estudiantes y papás, Marcela cantó como solista en la opera El ahijado de la muerte, de Wilfred Junge, lo que fue un logro para nosotros tres.

¿Cómo fue el proceso de habituarte en un país nuevo, donde probablemente no conocías las reglas del juego?

Al principio fue difícil, no conocía mucho y andaba bastante perdido sobre todo con los trámites, ¡todo lo hacía mal! Como anécdota Alejandro cuenta: “una vez, en una estación de trenes, me acerqué al encargado de vender los boletos para preguntarle qué tren debía tomar, el empleado me hizo una seña con el brazo apuntando hacia un andén sin mirarme, yo para confirmar su seña apunté hacia la dirección y sin querer le pegué en la cara a una señora que estaba a mi lado, me dio tanta plancha que salí corriendo sin mirar atrás y rojo de vergüenza”.

¿Qué te llevó a postular al premio Emilio Pujol?

Siempre quise que mi trabajo se publicara, para que no ocurriera lo que le pasa a la mayoría de las tesis, las que se quedan en alguna estantería olvidadas. Mi trabajo se llama El Libro de Tonos Humanos de la Biblioteca Nacional de Madrid: estudio del manuscrito. Se trata de la antología de música vocal profana más extensa del siglo XVII. El académico Alvaro Torrente, de la Universidad Complutense, me sugirió que me presentara al premio. Bueno el resto ya lo conoces.

¿Existe alguna diferencia entre los profesionales de nuestra universidad y los de España?

Pienso que cualquier comparación no tiene sentido ya que el medio es totalmente distinto, si bien es cierto que allá existe más infraestructura, los profesionales que egresan de aquí poseen una gran calidad docente. En España, por ejemplo, la carrera de Música dura tres años, por lo que los profesores de música que salen de aquí tienen una mayor formación musical. Lo que es cierto es que, pese al alto nivel de formación, aquí todavía falta por desarrollar la parte investigativa de la música, la musicología, que es lo que aprendí en España. Yo no sabía de metodología de investigación y lo aprendí, en eso se basa mi tesis y es lo que quiero seguir haciendo aquí, en alguna universidad.

¿Cómo fue tu regreso a Chile y cuáles son tus proyectos?

Obviamente fue mucho más fácil volver acá que partir a un lugar desconocido, en este sentido mi familia ha sido un gran soporte, me apoyan en lo que hago, es por eso que mi trabajo se lo dedico a ellos, las personas más importantes de mi vida, a mi señora, mi hijo y mis padres. En cuanto a mis proyectos, por el momento recién encontré trabajo en el Colegio Adventista donde me dieron la oportunidad de hacer clases en un electivo de guitarra y piano, pero lo que realmente quiero es dedicarme a la investigación, ojalá que alguna universidad se interese en desarrollar esa veta de la música.

Karina Fuentes R.

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