Editorial

 
Buena parte de quienes se han dedicado a estudiar el fenómeno de la globalización concuerdan en señalar la caída del muro de Berlín como uno de los eventos que marcan su inicio. Razón tienen, pues a partir de ese momento se disipó la atmósfera política conocida como “guerra fría”. Vimos a las trasnacionales ocupar con rapidez los espacios económicos abiertos por ese cambio político. Los blasones de Mc Donalds, Pepsi Cola y otras ondearon en las plazas de las capitales de la Europa oriental y de la exURSS. Coincidente con esta nueva condición política internacional se produjo la masificación de la Internet y de otras herramientas de cominicación masiva, como la telefonía celular y la TV por cable. La mejora de las comunicaciones y los cambios políticos y económicos recientes se potencian mutuamente. El Presidente Clinton propone la extensión de Internet hacia los países pobres como medio de ayudarlos a progresar; en nuestro país el Presidente Lagos menciona la Internet como recurso tecnológico emblemático de su gobierno; el Comandante en Jefe del Ejército habla de la globalización en una clase inaugural… Cada uno de nosotros puede observar cada semana y a veces cada día algún hecho que pone de relieve que avanzamos sin pausa hacia una condición mundial nueva, que quisiéramos mejor que la que hemos vivido en el pasado, pero que depende de demasiadas variables cuyo control no poseemos. Ya no podemos imaginar la vuelta atrás. 

Como la imagen corriente que tenemos de la luna, la globalización tiene una cara visible y otra oculta. La visible, que resplandece, consiste en las ventajas, anunciadas o reales, que nos trae la globalización: mayor variedad de productos a nuestro alcance, menores precios, mayores facilidades de contacto con cualquiera de los otros seis mil millones de habitantes del mundo, todo lo cual constituye un caleidoscopio de oportunidades como nunca hubo. La cara oculta es casi invisible para la mayor parte de nosotros. Contiene la pérdida de las culturas locales, la desaparición de medios de subsistencia en numerosos lugares del mundo, incapacitados para competir con la oferta extranjera, la diseminación de las plagas y pestes. El prestigioso científico chileno Humberto Maturana ha dicho que “la globalización es el agujero negro de las culturas locales”. 

Si bien es cierto que el desarrollo de este fenómeno está fuera del control de la voluntad de personas o grupos, y que  no podremos detenerlo ni amoldarlo a nuestra conveniencia, también es cierto que no podemos quedarnos indiferentes frente a él. La serena recopilación y revisión de los antecedentes de su evolución nos debería permitir aprovechar lo positivo y al mismo tiempo paliar o demorar sus consecuencias negativas. Establecer intercambio expedito con otros grupos dedicados a este mismo quehacer en otras partes del mundo nos puede dar mejores perspectivas. Esta es la misión que nos hemos asignado, en la cual esperamos recoger la voz de la comunidad. Comunicar nuestras observaciones y conclusiones sobre la globalización estaría dentro de la mejor tradición universitaria, y puede mostrar útilmente a las autoridades y directivos nacionales y regionales  facetas y visos en los cuales quizá no hayan reparado, y ayudarles así tomar las medidas del caso. Y a cada uno a actuar responsablemente en el contexto económico social que le es propio.